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El Macabro Caso de los Herrera

 El Macabro Caso de los Herrera


(continuación y desenlace)Catalina no bajó al salón. Desde el oratorio del primer patio, con las rejas aún cerradas, oyó el roce de las faldas de las tías, el tintineo de las copas de cristal de Bohemia y la voz de don Baltazar leyendo, una vez más, el párrafo del testamento de don Rodrigo. 

El novio elegido —don Alonso de Solórzano, viudo de treinta y ocho años, dueño de obrajes en Huamanga y de un carácter que ya había enterrado a una esposa— esperaba en el zaguán con el capote bordado y el anillo de esmeraldas que la familia Herrera había guardado para esta hora.

A las once de la mañana el capellán de la casa, fray Ambrosio, subió con el breviario abierto. Catalina lo recibió de pie, vestida de negro, no de blanco.—No me casaré hoy —dijo, sin alzar la voz.

El fraile palideció. Don Baltazar subió los dos tramos de la escalera de caoba en tres zancadas. La bofetada resonó contra los azulejos sevillanos.—El día de tu nacimiento es el día de tu destino. Lo escribió tu bisabuelo. Lo cumplieron tu abuelo, tu padre y yo. Lo cumplirás tú.

Catalina no lloró. Señaló el retrato de don Rodrigo que presidía el estudio: el hombre de 1632, con la golilla almidonada y los ojos que parecían seguir a quien lo miraba.—Ese hombre no era santo. Era un traficante de perlas y de almas. La cláusula no habla de sacramento. Habla de propiedad.

Don Baltazar la encerró en la cámara alta, la misma donde habían velado a doña Inés cuando murió de fiebres a los veinticuatro años, exactamente un año después de su propia boda de cumpleaños. La llave giró. Abajo empezó la misa de esponsales como si la novia ya estuviera de rodillas.

A las tres de la tarde, cuando el sol caía sobre los tejados de San Lázaro y las campanas de la catedral volvieron a tocar —esta vez el Ángelus—, Catalina encontró el hueco detrás del retablo. Un pasadizo de adobe y cal que los esclavos de la casa habían abierto décadas atrás para sacar a escondidas a una joven Herrera que también se negó. La joven nunca llegó a la calle. Su nombre había sido raspado de los libros parroquiales.

Catalina no buscó la calle. Buscó el cofre de ébano.

Lo abrió con la misma llave que su abuelo guardaba en el escritorio. Dentro, bajo el testamento original, había otro pliego, más viejo, escrito con tinta que se había vuelto color de sangre seca. Don Rodrigo no había impuesto la tradición por piedad. La había impuesto porque, la noche en que nació su primer hijo en Lima, una mujer de la costa —india y mestiza a la vez— le había dicho al oído, mientras él aún olía a zarza y a oro:

«El día que nazca, ese día se casará. Y el día que se case, ese día empezará a morir. Así pagarás lo que me quitaste.»

Don Rodrigo la mandó ahorcar al amanecer. Luego escribió el testamento para que la maldición pareciera voluntad de Dios.

Catalina leyó el pliego a la luz de la única vela que le habían dejado. Abajo, don Alonso ya firmaba las capitulaciones. Don Baltazar alzaba la copa

.Ella no gritó. Tomó el puñal de plata que servía para cortar los sellos de lacre y se lo clavó no en el pecho, sino en el retrato de don Rodrigo, exactamente en el lugar del corazón. La tela se rasgó con un sonido seco, como de carne vieja.

En ese instante las campanas de la catedral se detuvieron a mitad de golpe. En el salón, don Alonso se llevó la mano al pecho y cayó de bruces sobre el contrato. Don Baltazar intentó sostenerlo y sintió que el anillo de esmeraldas se le hundía en la palma como si tuviera dientes. Fray Ambrosio empezó a rezar el oficio de difuntos sin saber por qué.

Cuando abrieron la cámara alta, Catalina no estaba. Solo el retrato rasgado y el cofre abierto. En el suelo, escrita con la misma tinta oscura del pliego secreto, una sola línea:

El día de mi nacimiento fue el día en que dejé de pertenecerles.

Nunca la encontraron. Los Herrera siguieron casándose en sus cumpleaños durante dos generaciones más, cada vez con menos invitados y más velas negras. En 1812, cuando el último varón de la línea firmó las capitulaciones a los veintiún años, la casona de San Lázaro se incendió desde el estudio. El fuego no tocó ninguna otra casa del barrio.

Dicen que, en las noches de 15 de marzo, si uno se acerca a los balcones de madera tallada que aún quedan en pie, se oye una voz de mujer que no pide clemencia. Solo dice, una y otra vez, la fecha.

Y la fecha siempre es la de su propio nacimiento.

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