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Por amor a los reflectores: contaminando el argumento

  Por amor a los reflectores: contaminando el argumento


Cuando la nostalgia del poder perdido se transforma en vomito retóricoRodolfo Herrera Charolet
Rafael Micalco Méndez ha vuelto a escribir. Y, como es costumbre en ciertos sectores de la oposición poblana, lo ha hecho con ese tono de indignación moral que ya no engaña a nadie, pero que todavía sirve para que lo inviten a algún programa de radio donde lo llamen “analista” en lugar de “diputado sin curul que ya nadie recuerda”.
El texto se titula, con la solemnidad de quien cree haber descubierto el fuego, “Por amor a Puebla: Contaminando en grande”. La premisa es tan sencilla como endeble: el gobierno pone lonas y pendones para informar de obras que paga con dinero público, y eso, según Micalco, es “contaminación visual”. Lo demás es relleno retórico para que parezca que hay sustancia.
Lo más llamativo no es lo que dice, sino lo que omite con tanto cuidado. Porque criticar la colocación de estructuras informativas en camellones es, en el fondo, criticar que el gobierno comunique lo que hace. La alternativa que propone Micalco, aunque nunca lo dice con todas sus letras, es la opacidad elegante: que las obras aparezcan como por arte de magia, sin que nadie sepa quién las pagó ni cuánto costaron. Es la misma lógica que durante años defendió el morenovallismo: “no hace falta que la gente sepa, total, nosotros ya sabemos lo que le conviene”.
La falacia es tan transparente que casi da pena señalarla. Micalco presenta una dicotomía falsa: o se cuida el entorno o se informa a la ciudadanía. Como si fuera imposible tener ambas cosas. Como si las estructuras metálicas que tanto le molestan no pudieran ser desmontables, reutilizables o incluso más discretas que las que su propio partido colocaba en su momento. Pero claro, cuando uno ya no tiene poder, cualquier cosa que haga el que sí lo tiene le parece excesiva.
Tampoco se molesta en aportar datos. Afirma que el Cablebús “desapareció árboles” y que genera “preocupación”. No cita estudios, no menciona cuántos árboles se plantaron a cambio, no compara con el impacto de otras obras. Solo suelta la frase y espera que la indignación haga el resto. Es el método clásico del que ya no tiene argumentos: primero la emoción, después, si acaso, los hechos. En este caso, ni siquiera después.
El remate fiscal es todavía más revelador. Micalco recuerda que las obras se pagan con impuestos y que, por lo tanto, no son “regalos”. Nadie lo discute. El problema es que lo usa como si fuera un descubrimiento. Como si el gobierno estuviera vendiendo las obras como obras de caridad personal de Sergio Salomón o de Claudia Rivera. Nadie lo hace. Lo que se hace es informar que se están ejecutando con recursos públicos. Que eso le moleste a un diputado del PAN solo confirma que prefiere que la gente no se entere de lo que se hace, no que se haga mejor.
Lo más patético del texto, sin embargo, no es su debilidad argumentativa. Es su nostalgia disfrazada de preocupación ambiental. Micalco y algunos de sus correligionarios siguen siendo, en el fondo, huérfanos del morenovallismo. Aquellos tiempos en los que la propaganda era más sutil porque el poder la controlaba casi por completo. Cuando no hacía falta poner lonas porque los medios amigos ya se encargaban de amplificar lo que convenía. Ahora que ya no mandan, cualquier intento de visibilidad gubernamental les parece grosero, excesivo, “contaminante”.
Todos tenemos derecho a opinar. Incluso a decir tonterías. El problema surge cuando quien las dice sigue cobrando un sueldo de representante popular y, en lugar de fiscalizar con datos, se dedica a generar ruido para seguir apareciendo en las notas. Porque al final, el artículo de Micalco no busca mejorar nada. Busca que lo mencionen. Y en eso, al menos, tiene éxito relativo: sigue logrando que alguien responda.
Lo que realmente contamina el debate público no son los pendones en los camellones. Son las críticas que se hacen sin sustento, sin alternativa y con la única finalidad de mantenerse bajo los reflectores. De eso, Rafael Micalco es un especialista de larga trayectoria.

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