El contexto político y la coherencia partidista
El caso adquiere una dimensión política adicional porque las diputadas pertenecen a MORENA, partido que ha hecho de la defensa de las personas adultas mayores uno de sus ejes programáticos más visibles. La Pensión Universal para Adultos Mayores, el discurso reiterado sobre la dignidad de “los abuelos y las abuelas” y la centralidad electoral de este grupo demográfico convierten las expresiones de Salvatori y Palomares en un problema de coherencia interna.
La reacción de la dirigencia —deslinde estatal, solicitud de procedimiento ante la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia y pronunciamientos de rechazo— muestra que el partido reconoció el daño potencial a su imagen y a sus principios. Sin embargo, la tardanza en las disculpas iniciales de las diputadas (que primero invocaron la libertad de expresión y pidieron “aguantar vara”) y el tono de algunas de las rectificaciones posteriores generaron la percepción de que el arrepentimiento fue más una respuesta a la presión que un reconocimiento genuino del agravio.
Este episodio también pone de relieve las tensiones entre la lógica de las redes sociales y la lógica de la representación política. En el espacio digital, el humor ácido, la provocación y la polarización generan engagement.
En el espacio institucional, esos mismos recursos pueden erosionar la legitimidad. Las diputadas intentaron navegar entre ambos mundos y terminaron chocando con los límites de lo aceptable para una fuerza política que se presenta como defensora de los sectores vulnerables.
Edadismo, género y doble estándarUn elemento que no puede ignorarse es la dimensión de género que las propias involucradas intentaron introducir.
Argumentaron que los hombres han burlado durante décadas la edad de las mujeres y que, por tanto, resultaba legítimo “devolver la broma”. Este razonamiento, aunque comprensible desde una perspectiva de resentimiento histórico, es problemático.
La respuesta a una forma de discriminación no puede consistir en reproducir otra. El edadismo no se combate con más edadismo, del mismo modo que el sexismo no se combate con misandria.
Además, el argumento desconoce que las personas adultas mayores —hombres y mujeres— constituyen un grupo vulnerable en múltiples dimensiones: salud, ingresos, acceso a servicios, soledad y discriminación laboral. Ridiculizar sus cuerpos y sus padecimientos no empodera a las mujeres; simplemente suma una capa adicional de estigma a un sector que ya enfrenta exclusiones.
La interseccionalidad exige reconocer que una mujer mayor puede ser víctima simultánea de sexismo y de edadismo, y que la solución no pasa por enfrentar a un grupo vulnerable contra otro.
Impacto social y normalización del discursoMás allá de las consecuencias partidistas o jurídicas para las diputadas, el verdadero problema radica en el efecto normalizador de este tipo de discursos. Cuando figuras públicas con miles de seguidores se ríen de la idea de que las personas mayores “se están pudriendo”, se envía un mensaje a la sociedad: que esa forma de hablar es aceptable, que el envejecimiento es motivo de burla y que la dignidad de las personas de la tercera edad es negociable en nombre del humor.
Estudios internacionales han demostrado que el edadismo tiene consecuencias concretas: afecta la autoestima de las personas mayores, influye en las decisiones de políticas públicas, justifica recortes en servicios de salud y refuerza la idea de que los recursos destinados a este sector son un “gasto” y no una inversión en derechos.
En un país como México, donde la población de 60 años y más crece de manera sostenida y donde la pensión universal se ha convertido en un derecho consolidado, normalizar el desprecio discursivo hacia este grupo es particularmente irresponsable.



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